Oruga que esconde el amor
Septiembre 30, 2009
L i s t a. E s t á s l i s t a, m e d i c e s. E n t r o.
(El amor es para los que aguardan. Busco todavía, en los signos rotando, el sentido, por minúsculo que sea, de no ser hasta ser en el otro. Mis registros son demoledores: desconozco el poder entero del corazón y el temblor de estar en el límite del amor. Que hable la espiral que duerme en mí y llene de oro líquido mis montes encendidos. El límite amenaza la realidad iluminando sus herraduras.)
Hurgo en mis andamios y rozada por la rosa desnudez de la carne, entonces te encuentro. Desdigo al poeta: los amorosos no encuentran ni buscan, porque los amorosos aguardan el oro pálido en silencio y el hacha sacudida por el temblor del deseo de ser. Me pregunto por qué cavar en la dulce amargura del amor. Entonces entreveo el misterio que reverbera ante mí; detiene la revolución sus revoluciones y la piedra destempla su rigor. Amar es vivir en ese peñón sombrío de la brasa, hachón oscuro, huracán palpitante de la calma. Retruécano y fulgor.
Que se templen entonces mis delirios. He dado un gemido, miniatura del sonido y de la lava. Amar es también un regreso: a la infancia brava y sorda. Es resurgir la inocencia. Es metalurgia cristalizada. Sol es la vanguardia y la lengua una anciana batalla en el mapamundi molido del hombre. Me vuelvo a preguntar: ¿por qué hablar del amor otra vez? ¿Por qué hablo yo del amor? Entonces, ancha la noche se suspende y profundamente el viento respira. Prendo un fósforo para que su estertor me responda.
Aparecen ellas en ella, todas las fabulosas tormentas. Todo es uno, dirá un letrero en el buque antes de partir hacia ámbitos confusos. Pero el corazón es también una flecha de sangre y esplendor. Pasan cien leguas y entre hilos de agua da en el blanco. Acristalados desde la raíz, mis ojos, raíz del hombre, permanecen rutilantes y ansiosos. El universo es una cámara y la recámara una región viva hecha de lumbre. Amo al sentir el magnetismo inédito del amor.
Por fin las rayas del tigre se borran como se borran, reunidas, las separaciones. Desarraigo con mis verbos las veredas: el río tiene entonces tres riberas.
Su amor, oro vivo empapando las secuencias de mi transcurrir, libera y mi ser, pedazo de hielo, hondo mujido, zozobra luminosa, se llena de serpientes y de mudos deslumbramientos que son.
Aguarda: se apaga el horizonte.
Inhumado me arrojo a tu cuerpo: no para reconciliar el universo ni para dar voz al infinito universo de la poesía.
La naturaleza detiene su terco fluir y, sin arrugarse, aniquila el lazo que tú eres con el mundo. Esa desunión enloquece. Existe la noche y el día y se rehace lo hombre y lo mujer. Ya no tienes lazo ni dueño, ya no vienes de la nada ni te diriges hacia la nada.
Entre Tú/Ella y yo ya no hay abismo porque ya no somos dos. ¿Se reconcilia la vida? Más bien se cae el limo del no ser. El sueño es espeso porque amor no tiene fin ni es un fin en sí mismo.
Al fondo de los ojos envejece la vida. Auroracrepúsculo. Aúlla el huracán y se calla la campana. Me dejas ir para ahogar mi sequía. Y vuelvo a ser solo yo.
lago Titicaca
Septiembre 12, 2009

Como un puma en busca de su presa, el lago busca su contemplador. Es un pequeño y dulce océano, el más cercano a los dioses, el primigenio. En él se escondieron el sol y la luna. Por eso sus aguas, cristales derretidos, son blancas y a ratos, cuando se incendian sus llamas ocultas, amarillas. Por eso sus aguas, trozos de hielo y volcanes, son calientes y, en ciertos páramos líquidos, heladas. Este lago es una llama bífida. Cementerio azul, dador de vida.
el Gramático
Septiembre 1, 2009
La modernidad adora los siglos idos porque en ellos ve el ensueño, una imagen de sí misma. Está muerto e imaginarlo es ya prestarle un rostro. Buscar su nombre es batallar con los fulgores de la nada. Machu Picchu brotó de su cabeza con la certidumbre de ser una escalera al cielo, un espejo para el rostro caliente del sol, una punta de flecha del imperio. Fortín sagrado. Machu Picchu es un corazón sin sangre pero hace mucho tiempo bombeó células rojas por los cientos de venas montañosas. Obra de muchos, su autor tuvo, al principio, nombre y fue uno solo. Hoy es viento y simple sustancia de tiempo. Es sueño flotando entre nubes azules y grises abismos gigantes.

El corazón de un hombre (Adagio)
Febrero 21, 2009
Te pedí que me dejaras entrar ―él recriminó. Levantó la voz un instante. Espero que sepas comprenderme. Una mueca, que sostenía el universo todo, se le filtró hasta la boca. Ella había decidido callar. Tratando de dar con el secreto, la embistió furioso. La quería mostrar. Baila, baila. ¡Baila! Anda, baila para mí, hazme hombre, hazme sentir dios ―aguijoneó. Luego retornó la cordura. La abandonó. Ella dejó que se fuera. Lo vio bajar las escaleras sin mirar atrás. Años después, él se sentó a divagar en un papel. La recordó muy claramente. Entonces escribió: amar es también armar el alma humana para que batalle con la ignorancia, es descubrir y aprender. Es conocer. Esa fe es dual: ignorancia y conocimiento; oscuridad y luz. En suma: cuerpo y alma. Es poder entrar.
El corazón de una mujer (Finale)
Febrero 21, 2009
Estás demasiado cerca. No puedo seguir ―dijo ella. Es mentira ―le respondió. A veces me gustan tus mentiras. Que se caigan de tus labios como pájaros muertos ―dijo mirando fijamente el piso. Un terco silencio se aferró a la corteza de sus rostros. Confía en mí. No puedo. No he amado nunca y no empezaré ahora ―arrancó ella estas palabras desde su fondo oscuro. Te ruego que confíes en mí ―repitió tontamente. Ambos se miraban los gestos. Aguardaban. El tiempo cambió su velocidad. Y se les murió. Ahí, entre ellos. Ella, que es el reino del silencio, amordazó sus palabras. Él, que es puras palabras, no halló ninguna.
El Nuevo Mundo de K
Febrero 13, 2009
Sus manos no son de porcelana, aunque en su centro todavía reina el silencio. Todo es calma imprecisa. De pronto, zarpa un vendaval y aterriza en ropas de huracán. Pero los ojos del mago permanecen cerrados. Está dialogando con los dioses y se hincha la mar. El Nuevo Mundo está a la vista. ¡Tierra! Se agitan los pulmones, se arma el corazón de sangre. Una electricidad corta el aire. El mundo es redondo. Desembarcarán los pájaros. El cielo abre sus ventanas. Circula el tiempo por los cabellos del hombre más hombre de todos. Su varita es un sable. Como buen mago aquilata los conjuros. Cambia la realidad. Por fin en su cuerpo despiertan los dioses: sus gemidos iniciales lo rondan todo y todo lo terminan de llenar. Otra vez una calma imprecisa algo delata. Los dioses están modorros. Y los párpados del mago siguen aferrados a un sueño mentiroso. Herbert von Karajan sigue dormido despierto. Repentinamente, ruge el viento brutal de nuevo. Abandona la nave este hijo favorito de Apolo. Va llegando a tierra. Y lentamente la piedad lo inunda. Se aproxima la conquista. Abre los ojos.
Algunos días
Febrero 6, 2009
Inevitablemente crece en mi corazón la nada. Las aspas del tiempo, girando como hélice blanca, lo destrozan. No hay dónde refugiarse. Late. Los latidos llevan la nada por mi cuerpo. Todo arde, la combustión es de tan universal: interna. Un calor eléctrico se contrae. Un frío se dilata. Es la natural forma de transcurrir: son los cabellos yéndose hacia la última noche. Son los cabellos de los muertos. Irradian matices y ecos; se hacen niebla. Me pueblan.

Ni siquiera Dios es superior al poema
Febrero 6, 2009
Los lobos merodean la rosa. ¿Qué rosa? Los lobos que no son ante la rosa increada se desfloran. Y nace el poema. Los solos buscan esa rosa en sí mismos, adentro. No hallan. Los solos no hallan porque son unos pobres miserables. No saben siquiera que buscan. Los solos escribirán versos que no entienden y con risa cruel desgarrarán el mundo que los escupe. Los solos no se hallan. Pero el poema está en ellos ardiendo de un deseo que nadie sabe. Nadie toca. Pero no arde ni nace la rosa ni los lobos merodean la rosa. Todo es absurdo en el mundo porque todo es mentira. Escribirán los lobos solos sus poemas y serán poemas menos importantes que las mordeduras que los desangran. Y serán poemas. El poema de los solos nacerá infinitamente. Así ha nacido infinitamente de esa rosa misteriosa que es la rosa crecida en la nada.
Tamborileo de un piel roja
Febrero 3, 2009
Lo dije en un poema: “quise la vida sin dios / porque yo era suficiente dios para llenarla”. Es cierto, siempre he sabido que soy diferente a los otros y que por los otros andará mi rastro hecho lumbre o ceniza. Como el fénix, esa ceniza volverá a arder incontables veces, inifinitamente. No creo ser mejor, sé que soy inusual. Inusual es probablemente irrepetible. Cada persona lo es, si es persona. Acometer la muerte con la sornisa en la boca, ése es el drama. Si es cierto que persona significa máscara, debemos hurgar tras sus colores, su textura y calar hondo en las raíces. Es necesario explorar el hemisferio austral. Mi destino siempre ha apuntado al sur. También lo dije en otra línea. “Me digo que soy Peer Gynt como Peer Gynt era El rey de los enanos”. Peer era un mentiroso. Al final de su vida, luego de timar a todo el mundo, de regreso en busca de su amada, se enfrenta al diablo y éste le ofrece un enigma. Se halla en él el secreto de Peer: su vida y su muerte. Derrota, como Edipo, al diablo-esfinge: Peer Gynt es una cebolla. Lo descubre y el diablo se esfuma. La cebolla no tiene centro ni corazón, pero hay que llorar mucho para deshojarla. ¿Qué hay luego de tanto llanto? Nada. Odiseo, cuando burla a Polifemo, que se apresta a liquidarlo, le responde la pregunta: ¿quién eres? Odiseo contesta: Nadie.
La vida es tal vez un tablero de ajedrez. Siempre puedes regresar a la línea de retaguardia si montas un caballo o si juegas con el alfil. Sin embargo, a pesar de la claridad con que se me atraviesa el mundo ante los ojos, esa claridad no me penetra. Hay dentro de mí una mayor oscuridad. La luz a veces se descuelga hasta mi corazón. Entonces comprendo por qué me zumban las alas y por qué deseo volar.
Los actos se ajustan inexplicablemente. Si abres los ojos, verás los ríos fluyendo y el fuego ondeando alrededor. Todo se moverá sin estupor. Es la danza impertérrita de las muertes que nos rodean. Estamos muriendo todos los días, cada día más, todavía. No importa la presencia de alguien, la física, para que sus enigmas te envuelvan y te penetren. Conocer la historia de otro es una labor un poco predecible. No soy ninguna especie bastarda de dios. Soy un hombre. Un hombre solo, un hombre sol, un hombre sueño. Veo y pienso. Pienso y miro. No creo tampoco ser aspirante a leer el libro de otras vidas.
Los dramas suelen ser los mismos. Sus cicatrices lo constatan. Son una denuncia pública. La expiación es interior. Pero el horror siempre se asoma por la cara. Las huellas de una historia a veces son invisibles. Operan entonces como una constelación que se expande y siempre encuentra nuevos espacios dónde desembocar. En el amor sucede así: de la ceniza, de sus guijarros, toma el corazón su color y lo expulsa por todo el cuerpo. Circula el fuego, circula el tiempo, circulan los nombres fijos a tiempos fijos.
Los hechos nos separarán definitivamente. Ése es el destino que le espera a todas las almas individuales. Elegimos un destino. La voluntad de estar nos anima. Es un incendio celestial esa voluntad. Lo consume todo. Yo quiero ser persona. A pesar de mí mismo. Ese diálogo es el único que puedo ofrecer en este tránsito mío. En él se halla una vorágine de llamas gasolina.
Mis obsesiones son las obsesiones más vulgares de todas. Mas contra ellas lucho constantemente, en tanto la inteligencia se siente a mi lado. Me da miedo lo que sé más que lo que no sé. El silencio es una historia muchas veces contada. Ese silencio se trasluce en lo que se ve. Es una combinación de cuerpo y alma. Visible e invisible es la vida de todo ser que muere.
Todo pasa. Así ocurrirá con todo lo que vivimos. Mientras tanto, mi única tregua es la inmovilidad del verso. Adónde ir cuando se presentan los fantasmas. Únicamente al pasado.
Temo a las muertes de los otros en mí, pero no a sus estelas de ceniza ni a sus fuegos fatuos. Así será y así es mi vida. No hay que temer de mí sino mis infiernos. Como yo les temo más intensamente que nadie (obvio), me aplico a la razón. Hay mucho en juego, la elección de lo que he decidido ser. Mi destino tiene todas las formas de la noche. Pero soy un hombre feliz. Busco la risa de los seres que amo. También busco su sonrisa. Y en ella sé que hay un dejo de ironía tendido bajo la lluvia. Estirándose hasta tocarme. Tened miedo, en todo caso, de los árboles sonoros que regalo. No soy dios. “Una bestia que nadie doma, eso es el hombre”, dijo Chuang Tzu en la época de Tales de Mileto. Indomable también es el alma que carboniza el rostro. Todos los rostros que somos.
Amor verdadero
Enero 30, 2009
Hay algo mío en cada hoja ida. En cada otro desvanecido. Tal vez una sombra, una ilusión seguramente que fui. Nada es real. Ahora miro con los ojos cerrados aquella época. Era un tonto. Todo ese mundo se ha ido. Todo alrededor de aquellos años: mi rostro, mis palabras, mis gestos han muerto entre los pliegues de luces apagadas, bajo el fulgor de las tardes moribundas, en las comisuras de los actos no ocurridos. Todo eso pertenece al ayer. Los fantasmas de esos campos juegan en mis campos, sin embargo. No todo en la vida se esfuma como el humo del cigarro. Ella está atada a la niebla: mi visión del pasado. Importa porque no ocurrió nada. Nada importa ahora sino que ella me miraba y sonreía con su impertinente piel morena. Su nombre no importa: campo de fresas la nombro. Su cuerpo está en mí porque no fue mío. Sus labios tienen el sabor de lo desconocido. Su imagen fija mi imagen a un tiempo muy concreto pero vago. Tenía quince años y estaba enamorado.
La máquina de los enigmas
Enero 29, 2009
Inevitablemente creció un camaleón en mi boca. Abro mi boca y él abre su hocico. Anda allí adentro. Duerme casi todo el tiempo y cuando despierta, a veces lo hace furioso. La longevidad de sus sueños es cada vez más estremecedora. Ciertas ocasiones, tiembla en mi lengua. Entonces siento la necesidad de fingir. En algún paradero del universo, estuve desnudo y el camaleón despertó. Ella bajo mi pecho, con sus enormes ojos fijos en mis ojos. El camaleón había dormido mientras mi cuerpo había estado más despierto. Se estiró, abrió mi boca para hallar el sol y la vio. Estaba ella debajo de él. Su cara bajo el sol. Pudo decir algo. Misteriosamente calló. Ella, incendiado su ser, rompió el sin sonido. Rió. Pero el silencio llegó y la ternura con él. Cerró entonces los ojos e intentó levantarse de prisa. Para no dejarme entrar. La tomé del brazo, la recosté. “Cierra la abertura. Séllame”. Me vio nuevamente y ahora quiso llorar. Optó por besarme. Al cesar, esperó una palabra. El camaleón luchó por decir algo y no pudo ser. Mi lengua lo aplastó y alcanzó a decir algo sincero.

Puertas Esceas
Enero 28, 2009
De los poetas llamados Homero hay dos fragmentos enguirnaldando los siglos. Uno y otro se alojan en diferentes poemas. Descontado ya el mérito de legarnos sus hexámetros, dos ingeniosidades que los habitan van de la simple narración del hecho a la explotación magnífica de lo humano. En la Odisea, Ulises tarda veinte años en regresar a su país. Por fin lo hace. Quiere sentarse en su trono, pero éste ha sido usurpado por una auténtica horda de vividores y zánganos: más de cuatrocientos príncipes. Arrostra su destino y entonces se disfraza de mendigo. Pero su perro, ametrallado por las pulgas, viejo y ciego, lo reconoce. Alcanza a mover la cola y muere. El mendigo, aun a pesar de él, debe seguir de largo. En la Ilíada, tan abundante en catálogos inútiles, Aquiles ha enfurecido. Le han matado a Patroclo. Como buen amador, el dolor le arranca pedazos de corazón. Está desquiciado. Él espera al asesino de su amante a campo abierto, frente a las murallas de Troya. Quiere que los dioses observen a este matador de hombres. Quiere escupirlos al escupir el cadáver de su oponente. Adentro de la ciudad, Héctor se despide de su mujer y su hijo. Andrómaca lo llora y el niño pega alaridos de espanto cuando las crines del casco ondean. No reconoce al guerrero que lo besa con las mejillas manchadas de sangre y arena. Héctor conoce las leyes que dominan aun las leyes de los dioses. Por eso a su hijo Astianacte le destina una sonrisa y a su esposa una amorosa plegaria y un último beso. Ahora tiene miedo. La oscuridad ronda sus miembros. El destino lo cerca. Héctor empuña sus armas, suspira y, para enfrentar a su asesino en el campo de batalla, pide que le abran las Puertas Esceas.
Autorretrato
Enero 27, 2009

Estoy cansado. Ayer escuché que el progreso es una mierda. La noche transcurrió otra vez como otras noches. Como otras mañanas desperté. La boca amarga. Fumé un cigarro y hablé de Chagall. Una imagen brilló ante mí. Le dije a mi otro yo, el silencioso yo que se me escinde: es el azul. Ella me alcanzó en el comedor. Se sentó en silencio. Me preguntó algo que no atino a fijar en palabras. Le dije algo del azul. Me escuchó. Luego quedó todo en silencio. Recordé una pintura, El campo de Marte. Aparece una virgen. Es la virgen de Paul Klee. Klee la llamó Aflicción. Chagall ni la nombra. Pero usa la misma imagen y le añade unos ojos redondos. Tienen esperanza. Esta pintura es azul y ese azul me llevó a mi azul. Pero primero el rosa. De Chagall salté a Tamayo. Todo en silencio. Salté a mi niñez. En casa había una litografía de El comedor de sandías. Sonrisa-miedo. Tamayo me causaba una mezcla de temor y curiosidad. Me gustaba su colorido henchido y brutal. Luego supe que a eso le llaman poesía. Estaba El comedor ante mí. Yo seguí sentado en el comedor junto a ella. El silencio permanecía. Los recuerdos emergieron ásperos. Entonces ella me preguntó cualquier cosa y yo le hablé de la pintura más entrañable. Ni siquiera recuerdo su nombre. Cuando vivía en la ciudad de México, éramos papá y yo. Mi madre trabajaba todo el día. Mi nana me cuidaba hasta la tarde, cuando él regresaba. Salíamos entonces a caminar. Yo tenía cuatro años. Cada semana visitábamos el Museo de Arte Contemporáneo. Varias semanas visitamos la misma exposición. Siempre el mismo óleo. Papá se perdía en el laberinto de colores. Yo seguía de pie, fijo, aterrado ante esa pintura. Un enorme óleo azul con una pareja de amantes en la cama. El marido, con la locura en la cara, abría la puerta del cuarto. Llevaba un enorme cuchillo en la mano. Las caras lo eran todo: locura y terror. Ése es mi cuadro. No he vuelto a verlo. Pero algo de mí siempre estará atado a esos rostros. Sus rostros son los míos. Soy esos rostros.
Ella tiene nombre
Enero 26, 2009
¿Dejarás de fingir algún día?
Vete ya, déjame morir ―dijo ella. Si estaban antes desunidos los pedazos, ahora los bordes se repelían. No quiero hacer vibrar demasiado tu oscuridad ―dijo él, antes de entrar en un silencio prolongado. Esa noche se fue. Meses después, cuando regresó al departamento que había abandonado, escribió en la pared, junto al ridículo corazón que enmarcaba sus iniciales: “Piensa que nací para hacer temblar. Cumplo con mi destino como un caracol. Yo no sé sino amar. Amo al hombre. Amo mi destino. Amo”. Llevaba una pistola bajo el saco.
Los sonidos de Occidente
Enero 26, 2009
Too much love will kill you: así se titula una canción de Queen. Para mí, la música debe tintinear como amor furtivo y su imagen reverberar. Según el diccionario, reverberar es “reflejarse en una superficie bruñida”. Omito la relativa sensualidad de esta definición. Paso a otra de menor sopladura. Si algo conmueve de la música de este grupo británico es, precisamente, su música. Las letras, cuando no cursis, adolecen de esa ordinaria capacidad de decir lo mismo como lo dicen todos. Pero la voz de Freddie Mercury anda en otras latitudes y la guitarra de Brian May flamea otros espacios. La música, viéndolo bien, abre los átomos de ciertas constelaciones. Desestructurados por esa orquestación de ruidos, los oyentes perdemos la noción y nos hundimos. Los poetas han perdido la guerra. Su música no sólo es imperfecta, también es menos narcótica. Tal vez por eso Hitler eligió, para su sepelio, la séptima sinfonía de Bruckner, especialmente, el adagio titulado “Sehr feierlich und sehr langsam”. Optó por la música de un maestro, él que también fue un dominador de palabras.
Mujeres alcoba
Enero 23, 2009
¿Has escuchado, R, sobre la cicatriz de Ulises?
No es necesario pensar demasiado. Demasiadas huellas tengo en el cuerpo. Son todas las huellas de la ceniza. No se extinguen. Son simplemente. Respiran. Están. Una es todas. Boqueando como peces imperecederos en la arena se hacen cristales. Las horas pasan y no pasan. Mi vida atada a su sentido. Silvestre eternidad sus ecos se apagan. Mas no dejan de brillar, como soles de porcelana. Todas son una sola. La imperecedera risa tendida.
Me ordenó leer Peer Gynt, la obra magistral de Henrik Ibsen. Obedecí. Dos tardes en un café bastaron para acabar el libro. Trabajaba por entonces en una librería. Contra mis propias conjeturas iniciales, era un infierno. En realidad, aquellos años tenía el infierno adentro. Vivía en mí. Todavía recuerdo la claridad y su bravura: el libro abierto propició mis revelaciones. Peer Gynt es uno de los farsantes más adorables de la literatura. Pero hay algo en él que está más allá de las palabras. Peer Gynt es carne viva, es amor abierto, exploración y mentira. Su hermosura no se halla en la tinta con que imprimieron sus caracteres. Está en el latido furioso que te muerde los abismos. Sentí cada una de sus palabras y amé cada una de sus acciones. De cierto modo, toda mi vida me balbuceaba: Peer Gynt. En algún momento, su nombre fue mi heterónimo y su carne mi doble. O al revés.
La Odisea
Enero 23, 2009
Son memorables dos retornos de Peer Gynt, la obra de teatro escrita por un escandinavo socialista, errabundo y solitario. Ambos poseen pareja intensidad. El primer retorno. Después de su desaparición, Peer Gynt regresa a casa. Ase, su madre, enloquece de felicidad. Ella sabe que su hijo es un mentiroso, pero sabe que no es un mentiroso vulgar. Desconoce Peer Gynt que regresa a enterrar a su madre. Recordando cuando Peer era niño, se sientan al borde de la cama. Peer imagina que van en un trineo. Se enfilan rumbo al Walhalla. Ase abraza a su hijo, auténtico muscher, por la cintura y cierra los ojos. Peer le cuenta a su madre (y tras ella se hallan nuestros ojos y oídos, nuestros rostros) cómo el trineo irrumpe en la gran sala del palacio. Peer miente. Al regresar de la mentira, se da cuenta que Ase ha muerto. Esta sola escena bien vale la invención de la escritura. El segundo retorno ocurre ya en la vejez de Peer Gynt. Luego de conocer el mundo y de timar a todos, regresa a los brazos de su amada Solveig, una Penélope noruega. Antes de verla, se encuentra al demonio. El demonio-esfinge le oculta la clave de su identidad. Peer Gynt descubre que es como una cebolla. Hay que deshojarla para llegar al corazón. Vencidas las tretas del demonio, tal vez porque se ha dado cuenta de quién es, Peer encuentra a Solveig. Ella lo abraza y lo arrulla. Él muere en los brazos de ella, la suya, la paciente, la bella. Tal vez porque en ese instante a Peer Gynt Peer Gynt deshoja.
Silencio quemado
Enero 23, 2009
La policía ha rodeado el edificio. Los maleantes están perdidos. Ellos solos enfrentarán a toda la policía de Montevideo. En un arranque, los malditos arrojan la plata envuelta en llamas. El sacrilegio escandaliza a los oficiales, a los noticieros, a la opinión pública. Los resistentes aguantan los embates de los guardianes del orden. Resisten heroicamente. Dos de ellos se aman. Uno por uno, ceden a lo inevitable. Quedan dos solamente, el Nene y Dorda. Se escuchan ráfagas aquí y allá. El humo de las bombas intoxica los pulmones de los rebeldes. Cuando ya la muerte es el destino más fácil, el Nene y Dorda se aproximan. El Nene está herido. El narrador, tal vez Ricardo Piglia, no puede domeñar a sus creaciones. En los brazos de Dorda, el Nene vive sus últimos momentos. El silencio, que había andado por allí rondando su presa, de pronto da un salto y aparece en escena. Piglia se queda mudo. El narrador, que no atina qué decir, nos dice que Dorda pone su oreja en los labios del Nene. Nadie sabe lo que éste le dijo. Seguramente fueron frases de amor.
Quedan mis jirones
Enero 21, 2009
A la edad de quince años leí Bajo la rueda. Hans Giebenrath es el protagonista de una novela escrita originalmente contra la educación formal. Ese libro llegó a mis manos por mero azar. Pero no importa el mecanismo de los hechos. La normal respiración de las páginas sacudió mis escamas. Yo había crecido con la Enciclopedia Quillet y otra obra monumental: México a través de los siglos. De aquel tiempo y aquellos esfuerzos sobreviven mis primeros manuscritos y un libro ingenuo de historia de México. Los guardo como simple curiosidad. Esos años infantiles me enseñaron a hablar con los muertos pero, paradójicamente, ignoraba todo sobre los vivos. Aprendí también a sobrellevar la melancolía, la cifra de mi Sur. Los libros me ayudaron a distraer mi nostalgia con otra nostalgia robada. Sentía pena, por ejemplo, al ver caer las grandes capitales prehispánicas bajo la avaricia de un siglo de bandoleros y facinerosos. Y las vidas de los héroes me desanimaban. Pero llegó a mis manos aquel libro inolvidable a la estricta edad de quince años. Abrí sus páginas con indolencia. Al despertar del poderoso ensueño supe que había perdido mi lugar en el mundo. Como Novalis, había muerto sentado en un sillón, con un libro en la mano.

… y jirones
Enero 21, 2009
Abrí el libro y Hans Giebenrath estaba allí. Lo seguí como su sombra. Lo vi de cerca. Aborrecí a través de él la irónica simetría del universo. Yo no esperé el libro, el libro me esperaba. La voz de Hans me esparaba. Yo no había tenido amigos pero en Heilner, el poeta rebelde, hallé al más sincero. No había amado pero Emma fue mi primer amor. Hans tenía miedo a fracasar. Ese miedo lo hice mío. Hans era un muchachito enfermo de nostalgia en la Selva Negra. No conozco un nombre más bello para ninguna selva. Hans murió ahogado en el río. En su caso era preferible morir que vivir como un ordinario. Cerré el libro asustado. Hermann Hesse describió a Román Cortázar bajo la rueda. Supongo obra de una burda geometría el hecho de que al morir Hans Román moría. A los otros Román los he ido matado personalmente y a su debido tiempo. Cerrando el libro. Desde aquel entonces no tolero que se presente ante mí Román Cortázar Aranda. El impostor.
Máquina de serrar
Enero 21, 2009
Siempre advertí la admiración unánime a Rimbaud. Pero fue hasta los veinticuatro años cuando lo leí. Una temporada en el infierno. No me impresionó. En cambio, me impresionaron las lecturas que hice sobre él. Me maravilló su soberbia. Tenía desdén para todo el mundo, menos para Verlaine, a quien amaba (aunque se dejase humillar cotidianamente). Sobre todo, me embrujó su violencia. Capaz de atacar a bastonazos a cualquier contradictor. Era un perfecto patán. Así, preferí al hombre Rimbaud sobre el Rimbaud poeta. Mas una noche, harto de no dar conmigo mismo, borracho, solté un puñetazo en la puerta. Se resquebrajó. Me senté a escribir. Apenas y podía trazar garabatos. Estaba furioso. Las palabras caían donde yo sabía que caerían. Ninguna sorpresa. Me temía a mí mismo. Por eso dibujaba laberintos: para no verme. Levantaba muros de palabras cuando mi soledad se aproximaba al espejo. Supe que la belleza era amarga. Jamás la había sentado antes en mis piernas. Esa noche la escupí. Quise que ella me hiciera lo mismo. Le fui indiferente.
Entre el aire y la tierra
Enero 20, 2009
Se recargó en el barandal. Llevaba una blusa verde y escotada. Un suéter gris encima. Su pantalón era beige. Sus ojos se fijaron en la nada. Fingía. Un levísimo gesto le brotó como rosa envenenada. Hay ciertas sonrisas que son absolutas. La suya lo era. Insinuada. Ella esperaba. Se entalló el nombre de Penélope como un nombre secreto. Se dispuso a esperar los frutos de la guerra ganada. Eso él lo sabía. Pero conocer el camino no es recorrerlo. Como siempre, supo que iba por ella. Al verla, detuvo sus pasos, su respiración, los latidos se estrellaron en el pecho. Mordiendo sus propios impulsos, no dijo nada y se recargó en el barandal de enfrente. Mientras, ella veía de soslayo. Fue la última vez. Ella, que había decidido no amar, habló con el frío. Él, que había decidido no amarla, habló con el silencio y la quiso olvidar.
Adiós
Enero 20, 2009
La vi de lejos. Me vio. Insinuó una sonrisa. Ella había triunfado. Allí estaba yo bajo el cielo abierto. Todo estaba abierto: el sol, el aire. Yo estaba abierto. Giró su cara y subió las escaleras. Se fue. Para siempre.
Las campanas de catedral
Enero 20, 2009

La volubilidad de la historia quiso el Gran Teocalli. El templete se hallaba dispuesto sobre sus ruinas colosales. Tláloc arriba se encogió de hombros. Abajo, en cada boca, corazón por corazón, centelleaba el dios del sur, el de la flecha siniestra, el despedazador. En el corazón de la plaza respiraba aquel peligro. Se veía tan pequeño. Lo miramos desde lejos, parados de puntitas. Viajamos casi doce horas la noche anterior. ¡Se veía tan pequeño! Una terca tristeza se aferró al frío. Las nubes no fueron podadas. Tláloc se tambaleaba sobre nosotros. Era una tarde de noviembre a las cinco pm. Las palabras ya no decían nada. Las bocinas gigantes estaban de más. Había puro estar. A mi lado, ella. Tiritando de frío, tomé su mano: se había endurecido. Estaba muda. De pronto se hizo un silencio general. Los ojos se arremolinaron. El color gris del piso quemaba. Todo el mundo había olvidado que sabía hablar. Él dio unos pasos al frente, levantó la mano derecha y retó desde un estrado de madera: “Sí, protesto”. Entró la noche por mis ojos y, desfondados mis recuerdos, se me rompió el llanto en cataratas. Era 20 de noviembre de 2006. Plaza de la Constitución. Seis pm.